nuevo recorrido para el circuito chico


ya que el gobierno reconoce las carencias que tiene la planta de tratamientos de residuos en pacara pintado y no hace nada, seguro tiene banca para atraer turistas.
a menos de 10 minutos de plaza independencia, ideal para turismo aventura y valientes escaladores, tambien para familias que quieran hacer un picnic en los alrededores. por el mal olor no hay que preocuparse, al poco tiempo de estar ahi ya no se lo siente. lo más pintoresco: dar una vueltita en carro de los personajes tan típicos de tucuman: los cirujas

aires de grandeza


1 de marzo de 2008. Alfombra roja, guardia de honor. Afuera unos cuantos, llevados ahí por dos mangos. Obviamente, nadie que no esté de acuerdo con su manera de gobernar podrá pisar la plaza por unas horas. Todo tiene que salir perfecto, estamos todos contentos. Ya está listo para que llegue su alteza y luego se traslade a la legislatura a inaugurar el 103 período ordinario de sesiones legislativas. Una legislatura adicta, obediente a un solo hombre y no a un pueblo, cada vez con menos oposición, con la única función de aprobar lo que “él” mande, que lo aplaudirá en todo su discurso y en su soberbia retirada del recinto. La soberbia de saber que tiene a todos en la palma de la mano y que casi nada o nadie le prohibirá hacer lo que quiera. Un rey.

empezaron las clases y no les avisaron


Ayer 3 de marzo comenzaron las clases en Tucumán. A la hora en que fue tomada la foto, la ministra de Educación, Silvia Rojkes de Temkin, pidió a los padres un compromiso mayor con la educación de sus hijos. “Es vital el acompañamiento de los papás en la tarea educativa a fin de conseguir un aprendizaje robusto y así, junto a los docentes, avanzar en una mejor educación”. ¿Y no es vital el rol protector del estado?
A su vez, el intendente Domingo Amaya presidió el inicio del ciclo lectivo de las escuelas municipales. “Debemos trabajar para las próximas generaciones y no sólo para las elecciones. Por eso se están haciendo inversiones en educación”. Bien ¿y estos chicos?¿son esas próximas generaciones o los próximos embrutecidos de los que solo se acordaran en las elecciones?

la fotografia de la pesadilla


Un hombre blanco perfectamente bien alimentado observa cómo una niña africana se muere de hambre ante la mirada expectante de un buitre. Niña famélica con nariz en el polvo y buitre al acecho: bien; no todos los días se conseguía una imagen así.
Kevin Carter nació en Suráfrica en 1960, dos años antes de que Nelson Mandela empezara su condena de 27 años de cárcel. Al llegar a la adolescencia empezó a entender que ser blanco en Suráfrica significaba ser una de las personas más privilegiadas de la Tierra y, al mismo tiempo, cómplice de una atroz injusticia. Cumplidos los 24 años, Carter descubrió que el periodismo era el terreno donde libraría su guerra particular contra el apartheid.
Comenzó su carrera en 1984, cuando las poblaciones negras en las periferias de las grandes ciudades -como Soweto, que estaba al lado de Johanesburgo- se convirtieron en campos de batalla. Jóvenes militantes negros, cuya única fuerza residía en su ventaja numérica, lanzaban piedras a los policías y a los soldados, que respondían con gases lacrimógenos, balas de goma o balas de verdad. Cientos murieron, miles fueron encarcelados. Soweto ardía, y allá, casi permanentemente instalado, estaba Carter, fotógrafo novato de The Johannesburg Star, expiando su culpa.
La gran ironía de la historia reciente de Suráfrica es que cuando salió Mandela de la cárcel en 1990, cuando empezó el proceso de paz que condujo cuatro años después a la democracia, se desató una violencia mucho mayor. Durante casi la totalidad de aquellos cuatro años, Soweto y otra media docena de poblaciones negras en los alrededores de Johanesburgo vivieron una anarquía asesina demencial, nutrida por opositores al proyecto democrático, en la que murieron unos 12.000. Allí, una vez más, estaba Carter. Todos los días. Se presentaba temprano por la mañana a los campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a sus lugares de trabajo.
Siempre que llegaba a estos lugares, en pleno tiroteo o minutos después de una masacre, ahí se veía a Kevin Carter, sudado, polvoriento, bolso sobre el hombro, cámara en mano. A él y a sus tres amigos fotógrafos, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva. Les llamaban a los cuatro “el Bang Bang Club”. Hacían fotos espeluznantes y se exponían a peligros extraordinarios.
Con un Kaláshnikov, una lanza, un machete o una pistola. Ahí trabajaba Carter. Ahí se pasaba desde las cinco de la madrugada hasta el mediodía haciendo fotos de gente matando y de gente muriendo.
Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia. Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.
En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vio a la niña y el buitre. Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida.
Por eso no hizo nada para ayudar a la niña. Porque si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto. Porque había llegado al límite de sus posibilidades.
El problema era que la gente normal, empezando por su propia familia, no lo entendía. Fuera donde fuera, le hacían la misma pregunta. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Se convirtió en un agobio, una pesadilla. Los únicos que no le hacían la pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.
En abril de 1994 le llamaron desde Nueva York para decirle que había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza. Toda la emoción reprimida a lo largo de cuatro años salvajes explotó. Carter se quedó destruido. Lloró como nunca y lamentó amargamente que la bala no hubiera sido para él.
El mes siguiente voló a Nueva York, recibió el premio, se emborrachó, incluso más de lo habitual, y volvió a casa. La guerra se había terminado. Mandela era presidente. Suráfrica tuvo su final feliz, pero la vida de Carter dejó de tener mucho sentido. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando, pero, perseguido por la muerte de su amigo y -ahora que se había quitado la coraza- la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos.
El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter se fue a la orilla de un río donde había jugado cuando era niño, antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia. Y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte.

pequeñas esquinas


Luz verde (los autos pasan). Luz roja (comienza la tarea). Las pequeñas almas se mueven entre los autos, el peligro y la indiferencia irremediable de quienes los miran sólo como otro elemento circunstancial de las esquinas con semáforo. Con hambre, sueño, calor o frío. A limpiar el vidrio que nos separa de ese mundo, como buscando que los veamos, que sepamos que están ahí. Sin embargo, ese cristal a través del cual miramos no se limpia fácilmente; no los vemos -no queremos verlos-. A veces hasta nos molestan. Seguimos adentro. Inexorables. Luz verde: los autos se van. Nuestro futuro también.
Jorge Olmos Sgrosso

tranquilo capo se vienen escuelas mas divertidas


en el cierre del ciclo lectivo 2007 y antes de dejar su cargo (por otro) la ministra de educacion, susana montaldo anunció pizarrones electrónicos para las escuelas. “Son elementos similares a grandes monitores de PC del tamaño de un pizarrón, que permiten la interacción y que se utilizan como herramientas multimedial. Están conectadas a una PC y tiene un cañón de proyección. Por ejemplo, si el maestro enseña geografía, la pizarra mostrará un mapa, se verán los ríos, se podrá achicar o agrandar las imágenes y poner en tamaño gigante la provincia. También se podrán dejar íconos para entrar a internet y trabajar con los datos que se necesiten”.
“Los chicos presionan un botón para señalar cuál creen ellos que es la respuesta correcta y el profesor sabe en el acto si los chicos han aprendido”.
¿se acuerdan del discurso de menem, pero en el inicio de un ciclo lectivo, anunciando los vuelos interespaciales? ¿volvimos a los 90?

siga posando nosotros lo votamos


hoy intendente, mañana legislador. que importa. todos sabemos que lo importante no es el cargo que ocupen, sino, su dedicada entrega al pueblo tucumano.
en el año 2006, estuvo en tucumán, el escritor y periodista Martín Caparrós, presentando su libro "el interior", donde recrea las distintas realidades provinciales del país. en una entrevista concedida a un medio local, relató la sorpresa que le causó su encuentro con el entonces intendente de la ciudad de famaillá jose orellana, destacándolo como uno de los personajes más fuertes de su libro.
“Hizo una pintura magistral sobre cómo funciona el clientelismo. Con un desparpajo extraordinario, contó sus relaciones privilegiadas con el gobernador. No sé si es algo que al gobernador le molestará, pero contó cómo entra a la Casa de Gobierno y puede decir ‘háganme tal cosa porque José lo dijo’. Si fuera gobernador, me importaría que se dijera eso de mí en un libro".
lo que llevo a Caparrós a la siguiente reflexión: “Lo paradójico es que en un país en donde el Estado se redujo a su máxima expresión, a la vez amplió mucho su poder: hay más ciudadanos que dependen del Estado para comer".